Campos de Castilla de Antonio Machado

    Al abordar, a fecha de hoy, la obra de este poeta que ha cantado al paisaje como pocos: “Un año más. El sembrador va echando/ la semilla en los surcos de la tierra./ Dos lentas yuntas aran,/ mientras pasan las nubes cenicientas/ ensombreciendo el campo,/ las pardas sementeras,/ los grises olivares” Que ha cantado, también, con su espíritu observador y sobrio, la realidad sociológica de su amada patria: “La España de charanga y pandereta,/ cerrado y sacristía,/ devota de Frascuelo y de María,/ de espíritu burlón y de alma quieta” comprobamos hasta qué punto su figura se ha convertido con el tiempo, no solo en la referencia de un hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno” sino, en cierto modo, en paradigma de un hombre comprometido con aquello que más le vincula, su paisaje y su paisanaje.

Todavía, me temo, perdura en la memoria de la gente no solo su mensaje literario, esa sequedad expresiva (castellana) que aludía a la realidad cotidiana como un ejercicio didáctico, sino de su compromiso con una idea de sociedad y de justicia. Algo a lo que ha sido, con su vida, estrictamente fiel. Tanto que hubo de morir en el exilio, como prueba de fidelidad a sus ideales.

Quizás, al leerle, sea necesario el recordarle (el rememorarle) por cuanto en la actualidad no es frecuente una figura así. Y la culpa de ello la tienen, a mi entender, no tanto esos versos rimados y un tanto cantarines que aluden al día a día de los comportamientos y las cosas, sino sobre todo a lo que, con el tiempo, ha constituido un legado literario y humano difícil de ignorar, sobre todo por la solidez de su pensamiento. Y, sobre todo, el vínculo con un paisaje. Paradigmático en este caso, cual es el de Castilla.

Solo hay que acudir a sus ‘Proverbios y cantares’ para obtener buena muestra de ello; algo que a la largo del tiempo se ha convertido, creo, en su legado más permanente. Un legado que encierra en buena parte un discurso triste, casi desolado: “La luz nada ilumina y el sabio nada enseña./ ¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña?”  Y concluye, en su alusión siempre directa al hombre (a sí y al otro): “El hombre sólo es rico en hipocresía./ En sus diez mil disfraces para engañar confía:/ y con la doble llave que guarda su mansión/ para la ajena hace ganzúa de ladrón” Duros tiempos los suyos, allá por los comienzos del siglo pasado, más, acaso, preludio de tiempos que hoy se prolongan otro tipo de desesperanza y, lo que es peor, de desconfianza.

El libro, editado con exquisito esmero, viene acompañado con láminas en color de uno de los pintores más representativos del paisaje castellano, Díaz Caneja. Una compañía gráfica que invita al silencio y, en ello, a reparar sustancialmente en el elaborado contenido de estos textos no del todo añejos.

Ficha técnica

Páginas: 272 Publicación: 2012 Género: Poesía Precio: 26€ Ebook: — €
Sinopsis
Al cumplirse un siglo de la aparición de”Campos de Castilla”llega esta edición especial conmemorativa de un título esencial no solo de Antonio Machado (1875-1939) sino de la poesía hispana contemporánea. El volumen incluye el texto final de este poemario que el autor fue aumentando en sucesivas versiones, ilustrado por pinturas de Juan Manuel Díaz-Caneja (1905-1988), un artista plástico que compartió con el poeta no pocas inquietudes éticas y estéticas.

Reseñado por Ricardo Martínez-Conde

Escrito por Antonio Machado

Poeta y prosista español, perteneciente al movimiento literario conocido como generación del 98.
Probablemente sea el poeta de su época que más se lee todavía. Vida Nació en Sevilla y vivió luego en Madrid, donde estudió. En 1893 publicó sus primeros escritos en prosa, mientras que sus primeros poemas aparecieron en 1901. Viajó a París en 1899, ciudad que volvió a visitar en 1902, año en el que conoció a Rubén Darío, del que será gran amigo durante toda su vida. En Madrid, por esas mismas fechas conoció a Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y otros destacados escritores con los
que mantuvo una estrecha amistad. Fue catedrático de Francés, y se casó con Leonor Izquierdo, que morirá en 1912. En 1927 fue elegido miembro de la Real Academia Española de la lengua.
Durante los años veinte y treinta escribió teatro en compañía de su hermano, también poeta, Manuel, estrenando varias obras entre las que destacan La Lola se va a los puertos, de 1929, y La duquesa de Benamejí, de 1931. Cuando estalló la Guerra Civil española estaba en Madrid. Posteriormente se trasladó a Valencia, y Barcelona, y en enero de 1939 se exilió al pueblo francés de Colliure, donde murió en febrero.

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